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Solidaridad con soberania y dignidad
Miercoles, 3 de Febrero de 2010

La magnitud de la solidaridad puesta de manifiesto ante la desgracia que ha lacerado tan profundamente al pueblo haitiano, tras el impacto provocado por el sismo del pasado 12 de enero, revive la esperanza en la humanidad, en su sensibilidad y su condición solidaria...

La magnitud de la solidaridad puesta de manifiesto ante la desgracia que ha lacerado tan profundamente al pueblo haitiano, tras el impacto provocado por el sismo del pasado 12 de enero, revive la esperanza en la humanidad, en su sensibilidad y su condición solidaria que se ha levantado muy por encima de consideraciones de rentabilidad y de mercados, y otros antivalores que a menudo se pretenden erigir como santos esenciales de los altares y como la única motivación del ser humano, y de todas sus acciones y sentimientos.

Los Dominicanos, en particular, debemos sentirnos humildemente orgullosos por la solidaridad que ha protagonizado nuestro pueblo.

Por la actuación de nuestros voluntarios de la Defensa Civil y la Cruz Roja, verdaderos depositarios del humano solidario y servicial. Por las múltiples pruebas de solidaridad y sensibilidad en los sectores humildes y en todos los estratos de la sociedad. Incluso por la respuesta de las instituciones del gobierno, luego de depurar estas de las inevitables poses y la mal disimulada preocupación de hacerse visibles de algunos funcionarios y políticos tradicionales.

Asimismo reconocer la rápida reacción de prácticamente todos los pueblos y gobiernos del mundo.

Pero en particular, y aunque muchos lo duden, o quieran minimizarlo, hay que resaltar que el propio pueblo Haitiano fue capaz de dar las primeras ayudas a sus vecinos, de sacar de los escombros a sus heridos y lesionados, a sus sobrevivientes.

En reunión reciente con organizaciones haitianas, estas nos han confirmado que cuando todo colapsó, incluso el gobierno y las fuerzas de la ONU, los primeros salvamentos lo hicieron los propios haitianos. Que incluso hoy, en los barrios y comunidades se han creado coordinaciones que demandan la descentralización y aceleración de la distribución de las ayudas y ofrecen su capacidad de coordinación y sus vínculos con el pueblo para garantizar la seguridad y el orden.

Nos han asegurado que no es cierto que exista un desorden generalizado, que por el contrario, el pueblo ha dado lecciones de paciencia soportando el hambre, los muertos, los heridos y la intemperie, aún sabiendo que los aeropuertos están repletos de todo lo que carecen. Aun observando la lentitud en la distribución.

Que los casos de asalto a cargamentos de comida han sido esporádicos y pueden ocurrir en cualquier barrio de cualquier país subdesarrollado en tiempo normales.

Todos sabemos que lo de Haití tiene profundas raíces de desigualdad, despojos históricos que han dejado como resultado uno de los pueblos más pobres del mundo, donde el hambre es calamidad diaria, con sismo o sin él, con huracanes o sin ellos.

Pensando en la necesidad de fortalecer la institucionalidad y la sociedad haitiana, objetivo que debe ser una preocupación general, pero con más razón para los dominicanos, hay que demandar que la solidaridad que ahora fluye a raudales sirva para fortalecer estratégicamente a la nación, para cimentar su estructura social e institucional que le permita responder a sismos y huracanes eventuales y al permanente desastre que ocasiona el hambre y las desigualdades.

Si se sustituye al gobierno y las instituciones haitianas no se contribuye a fortalecer su soberanía. Es cierto que quedaron inicialmente colapsadas, pero lo estratégicamente correcto es contribuir, en medio de la asistencia solidaria, a que ellas retomen su rol y funcionalidad.

Si no se le da participación a los organizaciones comunitarias, al pueblo y sus organizaciones, se contribuye a mantener la desarticulación social y la imposibilidad de emprendimientos colectivos. Por eso hay que demandar que la distribución de las ayudas no sea monopolizada por un país o una organización, sino que el pueblo participe en su propia organización y en su propia recuperación.

Si no se aprovecha la oleada solidaria y la cantidad de contribuciones para aportar en elevar el sentido de dignidad humana, no se estará contribuyendo a crear la base moral sobre la que debe descansar la reconstrucción y la construcción de un país y una sociedad más solidaria y fortalecida.

Lanzando ayudas desde helicópteros o desde camiones puede contribuir a que los más aptos sacien el hambre del momento, pero eterniza el envilecimiento. No se justifica de ninguna manera, máximo cuando existen organizaciones sociales, de vecinos y de barrios, que pueden dar un sentido digno a la distribución de las ayudas.

Las organizaciones sociales y políticas progresistas, los comunicadores, los gobiernos sensibles y realmente comprometidos por el futuro de Haití y todo el que le preocupa no solo la tragedia actual, sino también la tragedia histórica de este pueblo, debemos demandar que el protagonismo y los propósitos ocultos no conviertan también en víctimas del terremoto la soberanía de Haití, ni su institucionalidad aunque esta sea tan débil, ni la soberanía popular, ni la dignidad humana.


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